Allende en el Chile de hoy

septiembre 23, 2019 por Noam Titelman

Este artículo fue publicado originalmente en inglés por Jacobin Magazine. La versión original está disponible en este link. Traducción realizada en conjunto por Noam Titelman y equipo RED.

En 2014, un nuevo partido político llamado Revolución Democrática inauguró su oficina central en Santiago de Chile. Una de las primeras cosas que hicieron fue pintar un mural en sus paredes con una cita proveniente de un discurso del icónico presidente chileno, Salvador Allende: “Desde mi juventud he luchado contra el prejuicio y los sistemas políticos obsoletos. El destino ha querido que encabece esta Revolución Democrática en Chile”.

Hoy, Revolución Democrática se ha convertido en uno de los partidos políticos más grandes de Chile. En conjunto con otros actores políticos y sociales formó una coalición política inesperadamente exitosa, el Frente Amplio, que ha logrado sacudir el panorama político del país, desafiando numerosos consensos establecidos y logrando un importante éxito electoral en 2017.

El reciente éxito electoral de la izquierda chilena da un nuevo peso y valor al aniversario de la caída de Allende en 1973, a manos del brutal golpe de Estado respaldado por Estados Unidos. ¿Cómo debería esta nueva generación, que no vivió el gobierno de la Unidad Popular de Allende ni la dictadura de Augusto Pinochet, lidiar con las promesas y los peligros del poder estatal? ¿Qué lecciones debería extraer un proyecto como el Frente Amplio de la experiencia de la Unidad Popular, y qué es diferente hoy en día? Aunque las respuestas a estas preguntas varían al interior de la nueva izquierda chilena, explorarlas es crucial para asegurar que esa revolución democrática de la que hablaba Allende continúe.

¿Por qué falló Allende?

La visión de Allende de un camino chileno hacia el socialismo divergía del entonces popular modelo cubano de insurgencia guerrillera. Allende, en cambio, intentó crear un nuevo orden económico y social sin romper con la democracia liberal, respetando y lidiando con el sistema legal, judicial y multipartidista establecido. Su gobierno fue mirado con escepticismo desde la Unión Soviética, que temía que su éxito pudiese sentar un precedente entre los países que se encontraban bajo su influencia, y que éstos empujaran por más libertades civiles. También fue visto con preocupación por los Estados Unidos, quienes vieron en el gobierno de Allende el potencial de propagar el “contagio socialista” a otros países de la región.

En retrospectiva, el gobierno de Allende puede considerarse como una prueba definitoria de los límites de cualquier esfuerzo electoral socialista democrático. Se puede aprender mucho tanto de su éxito inicial como de su posterior caída. Casi cinco décadas después del gobierno de la Unidad Popular, Allende sigue siendo de manera transversal una figura central para la izquierda chilena. Sin embargo, la izquierda diverge en sus interpretaciones sobre la caída de Allende, variando entre una perspectiva socialdemócrata y una más radical o tradicionalmente marxista.

En retrospectiva, el gobierno de Allende puede considerarse como una prueba definitoria de los límites de cualquier esfuerzo electoral socialista democrático. Se puede aprender mucho tanto de su éxito inicial como de su posterior caída.

Los teóricos socialdemócratas Adam Przeworski y Gøsta Esping-Andersen han analizado los límites de una ruta electoral al socialismo. La opinión de Przeworski, quien ha usado el gobierno de Allende como uno de sus principales casos de estudio, es pesimista. Según él, a medida que los partidos socialistas, especialmente en Europa occidental, decidieron competir por el poder a través de elecciones, se enfrentaron a problemas insuperables. Uno de estos fue que, dado que en ninguna sociedad capitalista el proletariado había logrado crecer a una mayoría absoluta (y un segmento importante de la clase trabajadora no se alinearía con los socialistas), los partidos socialistas se vieron obligados a elegir entre permanecer leales a un purismo de clase, o expandir su alcance y atractivo más allá de una definición limitada de la clase trabajadora. Así, en la medida que los partidos socialdemócratas abandonaron su identidad como “partido de la clase trabajadora” y se convirtieron en partidos de “las masas, el pueblo, la nación, los pobres o simplemente los ciudadanos”, terminaron renunciando a su esencia de lucha e identidad de clase.

Incluso si los partidos socialistas o socialdemócratas logran alcanzar el poder a través de las elecciones, continúa Przeworski, estarán condenados a enfrentar la oposición del capital y las clases dominantes. Tan pronto como alguna reforma amenace la acumulación capitalista, los dueños del capital podrán boicotear con éxito la economía nacional a través de una “huelga de capital” o, como lo demostraba el ejemplo chileno, eludiendo por completo la democracia.

Esping-Andersen comparte un diagnóstico similar sobre las perspectivas de alcanzar el socialismo a través de elecciones. Los límites del socialismo electoral, según él, representan un llamado a transar acuerdos con otras clases como las clases medias, el campesinado y las elites capitalistas. La ruta al socialismo, como la imaginaba originalmente Allende, no sería posible a través de un camino democrático. La izquierda debía ceder en sus posturas programáticas, al menos a corto plazo, hasta que surgieran las condiciones para cambios mayores.

Desde esta perspectiva, el error de Allende fue la intransigencia de sus posiciones. El proyecto de Allende estaba condenado desde su inicio, porque intentó presionar demasiado al Estado liberal, y demasiado rápido. En el contexto chileno, esta interpretación a menudo se tradujo en la falta de diálogo entre Allende y el centro político, que estaba dominado por la Democracia Cristiana. Este partido, que tenía una presencia especialmente fuerte en el campesinado, inicialmente proporcionó el apoyo parlamentario necesario para ratificar el gobierno de Allende (necesario porque Allende había logrado menos del 50 por ciento de los votos), pero posteriormente apoyó el golpe (con algunas excepciones notables).

Luego de los diecisiete años de dictadura que siguieron al golpe, dicha interpretación llevó al Partido Socialista de Allende a concluir que sólo una alianza con el centro político les permitiría volver al poder. Esta coalición de centroizquierda negoció una transición institucional con la dictadura y dirigió el país durante los veinte años que siguieron al régimen, avanzando cuidadosamente sólo en aquellos aspectos que se consideraron factibles porque aseguraban un consenso con la oposición de derecha. Hay varias razones para esta convergencia socialista-demócratacristiana y su apoyo a una “democracia de los consensos” con la oposición de derecha. Una central fue la aceptación traumática, gracias a la feroz reacción de la dictadura de Pinochet, de los límites de lo que era posible bajo el camino democrático hacia el socialismo.

Por otro lado, Ralph Miliband sintetizó la que se convertiría en la interpretación principal de la caída de Allende para las secciones más radicales de la izquierda. Según esta interpretación, el error de Allende fue su intención obtusa de seguir el camino institucional del Estado liberal, incluso cuando las condiciones institucionales cambiaron dramáticamente:

Allende no fue un revolucionario que era a la vez un político parlamentario. Era un político parlamentario que, notablemente, tenía tendencias revolucionarias genuinas. Pero estas tendencias no podían superar un estilo político que no era apropiado para los propósitos que perseguía.

Específicamente, Miliband criticaba la falta de voluntad de Allende para alentar fuerzas populares paralelas que pudiesen impulsar cambios radicales. A medida que los opositores de la clase dominante comenzaron a sentir que sus intereses se veían seriamente amenazados, y perdían la esperanza en recuperar el poder a través de las elecciones (especialmente después de las elecciones legislativas de 1973), una guerra de clases se volvió inevitable. En esas circunstancias, confiar en las fuerzas institucionales de la democracia liberal para contener a las clases dominantes habría sido, en el mejor de los casos, extremadamente ingenuo.

Miliband señalaba al líder comunista Luis Corvalán, y su apoyo a una estrategia de apaciguamiento de las fuerzas armadas insurgentes, como un ejemplo de esta tozudez y su fracaso. Corvalán fue uno de los principales partidarios del camino democrático, gradual e institucional hacia el socialismo. Cuando el gobierno de Allende fue derrocado, fue encarcelado y sólo pudo ser liberado a través de un intercambio de prisioneros negociado por la Unión Soviética. Después de su liberación, Corvalán y el Partido Comunista de Chile se convirtieron en partidarios rotundos de la ruta insurgente. El Partido Comunista intentó sin éxito remover por la fuerza a Pinochet del poder. A su vez, se negó a unirse a sus antiguos aliados socialistas en la nueva coalición de centro-izquierda cuando éstos negociaron con el régimen de Pinochet la transición institucional de regreso a la democracia.

Durante las dos décadas posteriores a la dictadura de Pinochet, la izquierda chilena se definió por un consenso: el gobierno de Allende, aunque heroico, había estado condenado desde su inicio. Para algunos, su destino fue sellado por su falta de compromiso con el centro político. Para otros, su caída fue provocada por su falta de apoyo al levantamiento popular insurgente.

Entonces, ¿estaba el proyecto de Allende condenado desde el principio? Y, de ser así, ¿fue debido a que era demasiado radical y no estaba dispuesto a dialogar con el centro político, o debido a su moderación y negativa a crear una fuerza insurgente paralela?

Por un lado, aquellos que enfatizan la falta de diálogo con el centro sobreestiman hasta qué punto Allende tenía control sobre esto. Allende intentó tender puentes con los demócrata cristianos en varias ocasiones, pero estos no tenían ningún interés ideológico o electoral en llegar a un acuerdo y ayudar al gobierno de izquierda a tener éxito.

Por otro lado, aquellos que enfatizan la falta de interés de Allende en formar una fuerza popular paralela y, en ocasiones, su papel activo en suprimir dicha organización, sobreestiman la real fuerza que tal levantamiento podría haber tenido contra el ejército formalmente entrenado, y sus aliados en el gobierno de los Estados Unidos. Es mucho más probable que tal guerra civil hubiese terminado con un gran derramamiento de sangre y el mismo resultado autoritario.

Quizás lo más relevante es que ambas interpretaciones carecen de una contextualización histórica de la coalición política y el proyecto de Allende.

Quizás lo más relevante es que ambas interpretaciones carecen de una contextualización histórica de la coalición política y el proyecto de Allende. La Unidad Popular de Allende no fue la primera coalición de socialistas y comunistas en llegar al poder mediante elecciones. Unos años antes hubo tres presidentes de la coalición del Frente Popular. Esta coalición incluía, en sus orígenes, tanto a socialistas como comunistas, y fue dirigida por el centrista Partido Radical.

A los gobiernos del Frente Popular se les atribuye haber fundado varias de las instituciones más progresistas del Estado chileno. Pedro Aguirre Cerda, su primer presidente, es conocido como “el padre de la educación pública chilena”. La Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), que instituyó y amplió la propiedad estatal en áreas estratégicas, fue también fundada por el primer gobierno del Frente Popular. Unos años después del Frente Popular, el gobierno demócrata cristiano que precedió a Allende desempeñó un papel importante en el aumento de la sindicalización, la promoción de la organización social y la realización de una importante reforma agraria. En cierto modo, el programa de la Unidad Popular fue la continuación radical de un largo proceso de democratización social y política iniciado por la constitución de 1925 y desarrollado durante el siglo XX.

Una diferencia política importante entre el gobierno de Allende y los del Frente Popular fue su relación con el centro. Particularmente los demócratas cristianos, a diferencia de los radicales, constituían un centro ideológico que se veía a sí mismo como representando una posición diferente a la derecha y la izquierda. En la práctica, esto significaba que en la época de Allende, a la izquierda se le presentaban dos opciones: crear una coalición con este centro ideológico que sacrificara parte del carácter socialista de su proyecto, o desafiar el centro, como lo hicieron.

¿Qué puede aprender la izquierda actual de la experiencia de Allende?

En 2011, Chile experimentó la mayor movilización social desde el final de la dictadura. Este levantamiento social fue liderado por el movimiento estudiantil, que protestó por el modelo educativo radicalmente neoliberal de Chile. Las movilizaciones encarnaron un descontento general con la forma en que la “democracia de los consensos” posterior a la dictadura había marginado las demandas de un creciente sector de la población, que exigía que el Estado desempeñara un papel más importante como garante de salud, educación y pensiones de calidad.

El año 2014, los principales líderes estudiantiles de este movimiento fueron elegidos como miembros del parlamento. Con ellos, una nueva generación que no había vivido el gobierno de Allende ni la dictadura de Pinochet se convirtió en un actor principal en el debate nacional. Los ex líderes estudiantiles lograron construir nuevos partidos políticos (como Revolución Democrática) y formar una coalición política, el Frente Amplio, que compitió en las elecciones de 2017, obteniendo casi el mismo número de votos que el candidato tradicional de centro izquierda y muchos más votos que el candidato centrista de la Democracia Cristiana. 

Sería un error explicar estos resultados como una radicalización del electorado chileno bajo el prisma de la división izquierda-derecha. Hay crecientes sectores de la población que simplemente no se identifican en este eje – según las principales encuestas nacionales, la proporción de personas que no se identifican como de izquierda o derecha aumentó de aproximadamente 11,5 por ciento a 48,6 por ciento entre 1993 y 2017. El panorama político actual en Chile difiere dramáticamente de aquel en que gobernó Allende. Un proceso largo y efectivo de despolitización ha implicado que la identidad izquierdista sea débil. Los niveles de sindicalización son extremadamente bajos y, debido al código del trabajo heredado de la era de Pinochet, los sindicatos que existen son relativamente débiles. El Frente Amplio surge en el marco institucional de la constitución de Pinochet de la década de 1980 y un largo proceso de despolitización. En un escenario tan diferente, ¿qué puede aprender la coalición recién formada de la experiencia de la Unidad Popular?

El contexto actual puede ser visto como mucho más parecido al del Frente Popular que al de la Unidad Popular. Después del devastador régimen de Pinochet, el primer desafío político de las fuerzas progresistas de hoy es construir un proceso de democratización y superar el legado de la dictadura. El proyecto de formar una nueva constitución, desarrollada bajo un régimen democrático y a través de un mecanismo democrático, como una Asamblea Constituyente, es particularmente relevante para esta lucha. Para este proceso, incluso las alianzas con un centro pragmático pueden ser necesarias, como lo representa la inclusión en el Frente Amplio de sectores “centrista progresista” como el Partido Liberal.

Después del devastador régimen de Pinochet, el primer desafío político de las fuerzas progresistas de hoy es construir un proceso de democratización y superar el legado de la dictadura. El proyecto de formar una nueva constitución, desarrollada bajo un régimen democrático y a través de un mecanismo democrático, como una Asamblea Constituyente, es particularmente relevante para esta lucha.

A la larga, la pregunta por los límites del camino democrático al socialismo aún tendrá que ser respondida. Encontrar la manera de maniobrar en el campo institucional mientras se mantiene una fuerte conexión con los movimientos sociales será el principal desafío. Tarde o temprano, el Frente Amplio tendrá que encontrar una manera de converger con los partidos socialistas y comunistas tradicionales si aspira a superar el umbral del 50 por ciento y convertirse en mayoría. Hacer esto sin perder lo que los hizo aparecer en la arena política en primer lugar es necesario, pero no será fácil.

La lección más importante del gobierno de la Unidad Popular es que llegar al poder no es el final del camino. Todavía hay una pregunta importante sobre la viabilidad de un gobierno radicalmente democrático una vez que éste comienza a amenazar los intereses de la élite. Incluso un programa acotado de reformas socialdemócratas enfrentará una oposición despiadada (desde afuera y desde dentro de la coalición gobernante).

Una coalición socialista democrática gobernante deberá ser capaz de perder elecciones y aceptar que enfrentará períodos a la cabeza del gobierno y períodos fuera de éste. La única forma en que la oposición conservadora tolerará un programa transformador sin pasar por alto el régimen democrático institucional, es si confía en que pueden ganar una elección futura. De alguna manera, la caída de Allende fue precipitada por la debilidad electoral de sus oponentes. Una vez que se dieron cuenta de que era poco probable que recuperaran el poder mediante elecciones, se desencadenó una guerra de clases implacable.

El largo camino democrático hacia el socialismo necesariamente tendrá que incluir reveses y pérdidas electorales. En este sentido, una ruta democrática hacia el socialismo debe asegurarse de que los cambios realizados desde el gobierno se conviertan en la “nueva normalidad”, adquiriendo tales niveles de legitimidad que incluso si la coalición pierde poder institucional, los opositores conservadores no pueden revertir todo lo que se ha avanzado. Además, la coalición política no puede implosionar una vez fuera del gobierno. Poder acumular fuerza tanto en el gobierno como en la oposición es crucial. Un gobierno del Frente Amplio puede ir y venir, pero una ruta democrática exitosa hacia el socialismo debe ser capaz de perdurar.

El 11 de septiembre de 1973, mientras se producía el golpe y los aviones bombardeaban las oficinas del gobierno, Allende logró dar su último discurso, transmitido por Radio Magallanes. Cuarenta y seis años después, sus palabras y su legado aún resuenan: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

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