Discriminación racial en Estados Unidos: Qué podemos aprender en Chile

El pasado 25 de mayo un hombre afro-americano murió asfixiado por la rodilla de un policía blanco, tras haber sido detenido por supuestamente pagar con un billete falso en el comercio. En el video difundido se ve como antes de morir, George Loyd se queja de que no puede respirar: “I can’t breath”, dice en inglés. Esta súplica ya había sido hecha por Eric Gardner, otro hombre afrodescendiente estrangulado el año 2014 por un policía al detenerlo por vender cigarros sueltos. Conforme se acreditó, Gardner habría repetido once veces “I can’t breath” antes de que le aflojaran el cuello. Su homicida fue exculpado por un jurado de Nueva York. También lo fueron los policías que golpearon brutalmente a Rodney King en Los Angeles en 1992, desatando una ola de protestas, y los oficiales inculpados por la muerte de Freddie Grey el 2015.

En Chile la injusticia racial sólo puede ser comparada con la de clase. Pero más allá del injusto ejercicio de comparar categorías de opresión, que deben ser analizadas de forma interseccional, hay aprendizajes importantes que tomar de la tragedia racial estadounidense. 

La discriminación racial en Estados Unidos forma parte de su identidad. Autores como Loic Wacqüant señalan que a lo largo de la historia del país únicamente ha cambiado la forma, adoptando institucionalidades diversas, pero igualmente inmorales. Primero fue la esclavitud, luego las leyes de segregación -las leyes Jim Crow-, posteriormente la marginalidad habitacional en los guetos y a partir de los 80’s, la encarcelación masiva de hombres negros. 

En Chile la injusticia racial sólo puede ser comparada con la de clase. Pero más allá del injusto ejercicio de comparar categorías de opresión, que deben ser analizadas de forma interseccional, hay aprendizajes importantes que tomar de la tragedia racial estadounidense. 

1. El “efecto Ferguson” no existe 

Michael Brown fue un joven negro de 18 años que murió tras recibir 6 balas por parte de un oficial de la policía en agosto de 2014. Ferguson es el área en el Estado de Missouri donde vivía junto a su familia antes de morir. Se le dio este nombre a un supuesto fenómeno en que la creciente desconfianza a la policía habría generado un aumento en las tasas de delitos. Los agentes policiales por haber sido víctimas de tratos hostiles y amenazas se frenarían de cumplir con su labor, provocando este efecto. Otros lo interpretaron como que la crítica incesante y deslegitimación de la policía habría empoderado a criminales a cometer más delitos. Pero como pasa con tantos análisis que tienden a masificarse como verdades solo porque se repiten con confianza, la evidencia lo contradijo. Un estudio de la Universidad de Colorado sobre 81 ciudades de Estados Unidos desmintió que existieran cambios tendenciales relevantes post el asesinato de Brown, confirmando que el crimen está moldeado por factores más complejos y de largo plazo, y raramente por eventos particulares e inmediatos.  En el mismo sentido, el 2016, otro estudio de la Universidad de Missouri mostró que la actividad policial, medida en arrestos, efectivamente había disminuido pero a partir del año 2010, mucho antes de las protestas. 

2. La relevancia de la ciudadanía

El rol que los movimientos sociales han jugado en las luchas por la emancipación de las minorías es innegable y probablemente nunca tenga fin. Así lo confirmaron Patrisse Khan-Cullors, Alicia Garza Y Opal Tometi, las tres mujeres fundadoras del movimiento Black Lives Matters (“Las vidas negras importan”). 

En ese sentido, si los trabajos previamente citados hubieran acreditado lo opuesto, es decir, que la desconfianza y protestas contra los abusos policiales generaron un alza en los delitos, habría muchas cosas que revisar. Pero ninguna implicaría cuestionar el valor de las manifestaciones y la denuncia contra los abusos de quienes tienen el monopolio de la fuerza y las armas. Y si bien en Estados Unidos aún el sistema le promete vidas distintas a blancos y negros, la ciudadanía es cada día menos indiferente y ha tomado acciones que seguramente ya han salvado vidas. El Black Lives Matters, fundado en 2013renovó y llenó de fuerza la lucha activista anti racista con impacto internacional. Con un uso notable de redes sociales ha vuelto a cuestionar el orden social que ha subyugado a la población afrodescendiente, acusando abiertamente la existencia de la supremacía blanca en pleno siglo XXI.

3. La buena prensa puede hacer una diferencia

Los asesinatos de George Floyd hace días y del joven afroamericano de 17 años Laquan McDonald, el 2014, tienen en común que solo a través de grabaciones se pudo conocer la verdad sobre sus muertes. Esto obliga a pensar cuántos casos hoy permanecen invisibles, manteniendo a las víctimas fallecidas presas de una historia que no es la suya y a nosotros ciegos ante una injusticia mayor a la que creemos. Por esto, parte de la labor de Black Lives Matters ha sido visibilizar casos que de otra forma pasarían inadvertidos y abogar por cambios estructurales en el sistema de justicia que permitan acceder realmente a ella. 

En Chile ya está instalada la necesidad de una reforma profunda a las policías, pero aún no se concreta ni hay un camino claro para alcanzarla.

Sumándose a este esfuerzo, luego de la muerte de Brown, el diario The Guardian acusó la falta de datos respecto a las muertes en manos de la policía y creó The Counter, un sitio web que hizo públicos estos casos. En base a cooperación abierta creó un registro desagregado de víctimas en Estados Unidos, haciendo notar la falta de legislación que obligue a contabilizar estas cifras de forma oficial. En la misma línea, en su libro “Cuando la policía mata” el académico F. Zimring muestra diferencias de hasta más de un 100% de casos reportado por fuentes de gobierno y medios de comunicación, en diversos años. En el mismo trabajo expone cómo la prensa también colaboró en la visibilización y “des-normalización” de los abusos policiales cubriendo sus historias. Conforme grafica, a partir del año 2014 los medios The New York Times y el Washington Post cubrieron hasta 20 veces más casos de abusos policiales contra minorías que antes.

Y mientras el sistema se resista a cambiar, es nuestro deber al menos denunciar y promover todos aquellos esfuerzos para construir un país donde todas y todos podamos siempre respirar.

Que un homicidio en manos del Estado sea reconocido o no como tal, es a la vez un fin en sí mismo y un medio para la posibilidad de investigar, sancionar y reparar. Y con ello, jugarse la legitimidad de todo un sistema. Así, la crítica y el escrutinio a la labor policial es fundamental en una sociedad democrática y debe ser defendida como tal.  En Chile ya está instalada la necesidad de una reforma profunda a las policías, pero aún no se concreta ni hay un camino claro para alcanzarla. Para ello necesitamos profundizar en medios de comunicación capaces de contrastar datos y relevar información, y mantenernos como ciudadanía alerta y crítica. 

Si bien nuestro país tiene problemas diferentes a Estados Unidos, mirar su caso da luces de hacia dónde hay que remar o hacia dónde no hay que hacerlo. Las muertes impunes en manos de la policía son la peor cara de un sistema segregador y miserable, que aquí también conocemos como abuso policial y con otras caras como la cárcel y el acceso a la salud. Y mientras el sistema se resista a cambiar, es nuestro deber al menos denunciar y promover todos aquellos esfuerzos para construir un país donde todas y todos podamos siempre respirar.

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