El largo relato de las comisiones presidenciales para Ciencia y Tecnología

junio 5, 2015 por Martín Pérez Comisso
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La gestión del conocimiento en Chile ha sido largamente postergada de las políticas públicas en nuestro país. Aunque existen organismos de carácter gubernamental que han manejado los re¬cursos económicos en el área, como lo son CORFO y CONICYT, es una materia de consenso la falta de planificación del gobierno Chileno en Ciencia y Tecnología. Esto es más que entregar con mayor eficiencia los recursos: es marcar prioridades y en¬tender que el desarrollo es un concepto que viene, entre muchas otras fuentes, desde la innovación y la creatividad.
Langdon Winner se preguntaba ya en los años ochenta si los artefactos tienen política, y las co¬misiones como mecanismos democráticos e ins¬titucionales ciertamente que lo tienen, tanto en su diseño como su composición. Si tan solo consi¬deramos los gobiernos postdictatoriales, en Chile han existido 9 comisiones de origen presidencial referentes a los tópicos de Ciencia, Tecnología, Innovación y Desarrollo las cuales han tenido aco¬tados impactos en políticas públicas. Estas son:

* Comisión Nacional para Nuevas Tecnologías de Información y Comunicación (Frei)
* Foro de Desarrollo Productivo (Frei)
* Comisión Asesora Presidencial en Materias científicas (Frei)
* Comisión Asesora Presidencial Iniciativa científica Milenio (Frei)
* Comisión Asesora Presidencial de Biotecnología (Lagos)
* Comisión Asesora Presidencial Agencia Chilena del Espacio (Lagos)
* Comisión Asesora Presidencial Consejo Nacional para la competitividad (Lagos)
* Comisión en Ciencia, Tecnología e Innovación (Piñera)
* Comisión Ciencia para el Desarrollo de Chile (Bachelet)

Lo cierto es que si observamos la composición de las dos últimas, ambas adolecen de falta de diver¬sidad en su composición. La primera (Piñera), fue una comisión eminentemente de emprendedores para dotar de contenido su año de la Innovación, mientras que la comisión mandatada actualmente tiene una presencia predominante de académicos y científicos, la que algunas voces han observado como sub-optimo. Estas diferencias, que parecen técnicas, poseen un contenido político ímplicito que es consecuencia de un modelo ideológico que favorece discursos estrictamente basados en conceptos económicos, por sobre los culturales y sociales. Entonces, el hecho de hacer comisiones e informes es en sí un acto político para favorecer cierto modelo imperante de hacer política entre pocos, más allá de su contenido.

No es extraño que, siguiendo el relato econo¬micista y segregador, se constituya una comisión centrada en los indicadores académicos más que en logros económicos por parte del gobierno de Bachelet. Esto tiene relación con una oposión dis¬cursiva que plantea dicha oposición a su comisión predecesora, pues la meritocracia tiene atrave¬sado el éxito material de quienes la constituyen. Nuestra concepción de excelencia está ideológi¬camente sesgada por indicadores, índices o ganan¬cias que acotan quienes son los que generan, usan y distribuyen el conocimiento científico y tecnoló¬gico en Chile, no así a quienes aspiran a construirlo. Tampoco es extraño que está agenda en el actual gobierno haya comenzado como un proyecto de subsecretaría del Ministerio de Economía, dada la actual institucionalidad intencionalmente dejada a la deriva, repartida en más de 6 ministerios que financian e incentivan el desarrollo de ciencia y tecnología en Chile. La actual comisión viene a potenciar al Consejo Nacional de la Innovación para el Desarrollo (antes para el crecimiento, cosa de paradigmas), quienes lideran finalmente está comisión/artefacto, y no se sabe qué rol final¬mente jugará en este potenciamiento la Ciencia y Tecnología. Es así como una circunstancia política también tiene una caja negra de mecanismos que motivan su creación.

A partir del retorno democrático, las comisiones en Chile de ciencia son forzosamente empujadas como el único mecanismo para construir política científica y tecnológica en Chile, a partir de unos pocos y bajo el único mandato presidencial. En el actual caso, a ser un nuevo motor para el mo¬delo económico, el cual ha sido en nuestro país fundamentalmente extractivista en dos siglos. Es como si para el desarrollo se pudiera cambiar el combustible de recursos naturales por ideas, o al menos eso salir diciendo después de las otras ocho comisiones anteriores. No es casual que bajo el artefacto de comisión se instale continuamente el discurso de la “sociedad del conocimiento” el cual ha sido transversal en las comisiones de competi¬tividad de Lagos, de Emprendimiento de Piñera, y probablemente ahora en el de Desarrollo, en la comisión de Bachelet. Todos los conceptos dicen como el Estado busca orientar al conocimiento científico hecho en Chile: hacia su rentabilidad económica. Esto representa un peligro político implícito en el mecanismo de comisiones presi¬denciales, que nos haga confirmar el paradigma del cientificismo, que tan bien hace referencia la frase inicial de Feyerabend.

Esta comisión tiene como prueba entre resul¬tados más allá de resultados económicos. Es nece¬sario la la orientación de políticas públicas bajo una pertinente institucionalidad del conocimiento que no ignora otros motores de este, entre los cua¬les está el dar nuevas respuestas (y preguntas) a los problemas que enfrentamos en el día a día, permi¬tir expresar la creatividad humana en ingeniosas soluciones o inclusive aprovechar el ocio que nos entrega una vida gregaria, urbana, globalizada y sedentaria en establecer nuevos límites a nuestro entendimiento de la realidad.

Es así como el desafío de la comisión de Ciencia para el Desarrollo de Chile no es únicamente dar un diseño para generar únicamente el veinti-algo ministerio del país que administre recursos que por más de setenta años han estado desperdiga¬dos en mecanismos sin la planificación y visiones suficientes, ya sea por dejarlos acefalos o porque no poseen conexión suficiente entre los niveles en que el conocimiento se produce, se interpreta y se utiliza en el país. Es necesario que la comisión reor¬ganice los recursos que permitan democratizar los lineamientos para que el consejo asesor de Conicyt y el CNID puedan generar políticas nacionales de incentivo a la investigación y transferencia tecnológica.

Este es el verdadero desafío de la estructura de comisión. Es ir más allá de su condición técnica y asumir su dimensión y limitantes políticas de ser solo 35 personas pertenecientes a cierto gremio, de tener una larga tradición denostada de innovación, creación e investigación que debe ser reivindicada para el sentido que le damos a Chile, está en la su¬peración de los modelos que estos “mecanismos democráticos” que hemos visto que dominan la ciencia y tecnología en los gobiernos de Chile des¬de 1990 y que no han sido suficientes para orientar la construcción de una agenda país en Ciencia y Tecnología en más de 25 años.

La comisión asesora presidencial debe ser la última en muchos años sobre este tema, que sus propues¬tas permitan entregar libertad, equidad y justicia a los ciudadanos a partir del conocimiento. Es saber qué valores fortalece el conocimiento, la tecnolo¬gía, la innovación en nuestro país. Feyerabend en “Contra el método” define la esencia anárquica de la ciencia, el cual es parte de su ethos. Defender la esencia del conocimiento es ciertamente político y trasciende las agencias que los modelos dictato¬riales impusieron sobre el conocimiento científico exclusivo, restrictivo e individual, como hereda “El Ladrillo”. La reivindicación del valor cultural y lo¬cal del conocimiento tecnocientifico es el principal desafío político de esta comisión.

Dejemos ahora espacio para la duda metódica, que si acaso la comisión será capaz de ver más allá de los límites de su propia estructura en la política tradicional en que han gobernado los últimos 6 presidentes el conocimiento y descubrir si la co¬misión será capaz de visualizar el verdadero valor político y cultural que tiene la Ciencia y Tecnología para la Sociedad Chilena en esta oportunidad. Somos muchos esperando que así sea y que en¬tregue mucho más que otro informe presidencial que quede guardado en una mesa o citado en otra columna más.

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