La invitación de la presidenta al proceso constituyente

abril 30, 2015 por Alberto Coddou
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Imagen bajo Licencia Creative Commons; Original en Flickr

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El día martes, la presidenta Bachelet realizó una cadena nacional, en que anunció una serie de medidas para combatir la corrupción y mejorar la legitimidad política de nuestras instituciones. Casi al final de su discurso, y después de anunciar una serie de medidas concretas, cierra su intervención con las siguientes palabras:

la tarea que hoy emprendemos se completará de manera natural con la redacción y aprobación de una Nueva Constitución. Por eso quiero anunciar que en Septiembre, mes de Chile, daremos inicio al Proceso Constituyente abierto a la ciudadanía, a través de diálogos, debates, consultas y cabildos, que deberá desembocar en la Nueva Carta Fundamental, plenamente democrática y ciudadana, que todos nos merecemos”.

En este espacio, quiero ahondar en la idea de “proceso constituyente”, destacando al menos tres puntos que nos permiten hacer una lectura optimista de los anuncios de la Presidenta.

En primer lugar, el hecho de que una presidenta hable de iniciar o gatillar un proceso constituyente en septiembre próximo, el “mes de Chile”, es el reconocimiento oficial de que estamos en un “momento constitucional”. Aunque parezca poco, para varios esto es mucho: en efecto, se trata de un momento de intensa deliberación, movilización, intercambio de emociones, ideas y razones. Creo que en la historia de Chile, esto es importante, pues se reconoce que el momento constitucional, si bien sostenido por el profundo deseo de cambiar el actual estado de cosas, queda siempre entregado a la contingencia, a la correlación de fuerzas políticas y, en el mejor de los casos, a la fuerza del mejor argumento.

Estrechamente conectado con lo anterior, que la presidenta haya utilizado el término “proceso constituyente” hace referencia a varias cuestiones que me parecen valorables. Reconoce que el resultado concreto del proceso puede ser incierto, si bien la meta final, o la desembocadura, está representada por una Nueva Carta Fundamental. A diferencia de varios, que ven en la omisión de una referencia explícita a la asamblea constituyente un intento por construir otro arreglo elitista, debemos recordar lo siguiente: la asamblea constituyente es la culminación de un proceso constituyente, es la etapa final de un proceso de deliberación pero, sobre todo, de aprendizaje cívico. Al menos en términos ideales, la asamblea constituyente debe contar con todo un aparataje previo, una buena ley de medios, una buena ley de lobby, una buena ley de financiamiento a la política, o una buena ley de bases que determine su funcionamiento. Sólo así podremos hablar de una asamblea constituyente que se acerque al ideal regulativo, a la idea de que se trata de una mesa en la que gana el mejor argumento, el que más capaz ha sido de persuadir que una cierta idea no sólo refleja mejor nuestra actual existencia conjunta, sino que nos guía hacia un futuro mejor.

En tercer lugar, y basado en las dos ideas anteriores, podemos señalar que el proceso constituyente, como bien lo dice la presidenta al finalizar su discurso, es una invitación, que en este caso va dirigida especialmente a la ciudadanía. Esa invitación es, evidentemente, gratuita y abierta, como toda buena invitación a una fiesta. Es, por tanto, una invitación a configurar ese proceso, a darle sentido, a materializarlo. Que hable de “diálogos, debates, consultas y cabildos” nodebe asustar, si es que nos tomamos sus palabras en serio. Lo que yo entiendo, y me disculpan si aplico un poco del principio de caridad argumentativa, es que durante el proceso constituyente tendrán lugar estas actividades, que obedecen todas a las idea de un proceso abierto y transparente. Sin embargo, nada de ello obsta a pensar en que el proceso constituyente tomará forma institucional en una asamblea constituyente: esas vías, más o menos informales, que incluso pueden complementar el trabajo institucional de una asamblea constituyente, son formas de expandir la participación política y de hacer realidad el principio de auto-gobierno.

La invitación la hizo la presidenta, y eso supone una buena velada, con una muy extendida sobremesa. Como toda invitación, no debemos quedarnos en la letra chica, y asistir con nuestras convicciones, ideas y formas de entender el mundo. Esta es una fiesta que recién empieza, y que como toda buena fiesta, aun no sabemos como terminará.

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