Después de la Resaca del 18 de Septiembre de 2014: Chile y Escocia

abril 19, 2014 por Alberto Coddou
ACoddouPuentes

Aparentemente, este año celebraremos un 18 de septiembre como cualquier otro: habrá notas televisivas de los tacos en los peajes, reportajes sobre la higiene en las fondas del Parque O´Higgins, recomendaciones para no subir de peso con empanadas, anticuchos y chicha, y alguno que otro reporte sobre la cantidad de heridos y muertos producto del consumo de alcohol. El nuevo gobierno de Bachelet y la realización de su programa político quedarán suspendidos por unos días en que se celebrará lo que llamamos ‘identidad nacional’.

Al otro lado del Atlántico, sin embargo, ocurrirá algo muy importante para el futuro de Escocia. Sí, en Escocia, ese país que no entendemos por qué en los mundiales de fútbol juega con una camiseta azul oscura pero que no vemos representado con esos mismos colores en la Asamblea General de Naciones Unidas. Sí, en ese país que conocemos producto de la importación de whisky que llena nuestros atiborrados supermercados y que conocimos en algún momento por lo mejor que Mel Gibson ha hecho en su vida: ‘Corazón Valiente’. El 19 de septiembre de 2014, Escocia despertará sabiendo si la gente que habita en esas tierras quiere ser un país independiente y comenzar a caminar por fuera de la sujeción política a Inglaterra (al momento de escribir esta columna, sin embargo, el apoyo a la independencia ha bajado a un 32% según una última encuesta).

Un voto afirmativo (“The Yes” campaign) no sólo implicará una declaración simbólica, sino que tendrá consecuencias políticas, legales y prácticas en extremo relevantes para la vida de un país. En caso de que la mayoría de quienes viven en Escocia voten por el ‘Sí’, existe una multiplicidad de decisiones que habrá que adoptar y acuerdos que negociar: primero, acordar un arreglo constitucional; si acaso seguir ocupando la libra esterlina como moneda de cambio; si dividir la BBC (la televisión pública en Reino Unido) o crear una nueva entidad; si la Reina seguirá siendo jefe de Estado considerando la antigua unión de coronas; si será necesario establecer una regulación para la administración de la frontera territorial y marítima; o si en materia de defensa habrá alguna alianza entre fuerzas armadas de ambas partes o algún otro arreglo. Estas son sólo algunas de las decisiones y negociaciones que deberán hacer los escoceses una vez que se recuperen de la resaca (nuestra “caña” o “hachazo” dirán algunos) de una eventual fiesta que ha esperado mucho tiempo.

Entre estas decisiones, destaca quizás la más importante: definir el futuro constitucional de una Escocia independiente. En efecto, un voto afirmativo implicará no sólo la voluntad de ser un Estado independiente sino también la declaración de constituirse a través de un arreglo que permita a los escoceses y a quienes habitan ese territorio atribuir la voluntad del pueblo a través de reglas, procesos y valores determinados. En otras palabras, la elección de este “otro” 18 de septiembre implicará decisiones constitucionales no menores. Si bien los detalles de cómo se hará en concreto ese proceso constituyente aún no están explicitados, se asume que lo importante ahora es dejar en claro la voluntad originaria de este pueblo.

Una de las cosas más interesantes de todo este proceso es que cuenta con el consentimiento de los representantes del Estado de Reino Unido e Irlanda del Norte a través del Acuerdo de Edimburgo. A través de este documento, ambas partes (el actual gobierno escocés y el gobierno de Reino Unido e Irlanda del Norte) acordaron que el referéndum debe tener una base legal y que su realización debe ser transparente. Además, ambas partes (el gobierno escocés con poderes que aquí se llaman “devueltos” y el gobierno de Reino Unido e Irlanda del Norte), se comprometieron, a grandes rasgos, a respetar el proceso. Sin perjuicio de que el actual gobierno británico no apoye la causa independentista escocesa –y que a veces caiga en declaraciones que rayan en lo absurdo-, ha abierto algunos espacios de deliberación asumiendo que se trata cuestiones políticas que deben estar disponibles para la discusión. A diferencia de gobiernos de derecha en varias partes del mundo, la centro-derecha inglesa parece no tener tanto miedo a la política y sus resultados, y eso siempre es valorable.

Fotografía bajo licencia CC, disponible en  Flickr

Fotografía bajo licencia CC, disponible en Flickr

Ahora bien, para nosotros los chilenos, que por esos mismos días estaremos con otro tipo de resaca, ¿qué es lo interesante de la (potencial) experiencia escocesa?

Primero, una idea de la política que la concibe como la articulación colectiva de un futuro que no está explícitamente definido en sus detalles. En otras palabras, una manera de decir que estamos comprometidos con ciertos ideales y valores, y que dejaremos para más adelante, a través de un proceso democrático, la definición de los asuntos más concretos. Ello implica la posibilidad de avanzar gradualmente en la consecución de una transformación radical de nuestro presente, y de recuperar la discusión en base a principios. Quizás eso nos haría bien para la discusión de cuestiones tan relevantes como el sistema electoral. Así, por ejemplo, quizás lo primero sería acordar que queremos un sistema electoral que respete la igualdad política, la estabilidad, y que favorezca la competencia, y rechazar, por tanto, los fundamentos del actual sistema electoral binominal. Una vez acordados estos principios, podríamos abrir la discusión acerca de las maneras en que podemos realizar estos principios: si vamos a incluir el redistritaje, si ocuparemos listas abiertas o cerradas, si diseñaremos un sistema uninominal con distritos más pequeños o proporcional con distritos más grandes, etc. Del mismo modo, esta primera lección del caso escocés nos puede ayudar en la actual discusión de las transformaciones estructurales por las que Chile parece haber optado en la última elección. En la reforma tributaria, en el nuevo marco educacional, y en la Nueva Constitución, podemos aplicar esta manera de discutir asuntos complejos: así, por ejemplo, en el proceso de creación de una nueva Constitución, la primera voluntad del pueblo a consultar sería si acaso quiere que la nueva Carta Fundamental se elabore a través de una Asamblea Constituyente, dejando para un futuro la discusión del diseño explícito de aquella.

En segundo lugar, la idea de que declaraciones tan importantes como la independencia de un país en el año 2014 requieren un período de transición. El calendario de actividades y decisiones propuesto por el actual gobierno escocés (a manos del Partido Nacional Escocés, SNP), que redactó un manifiesto de 650 páginas que contiene las razones y las consecuencias de votar a favor de la independencia, es ilustrativo: se vota el 18 de septiembre de 2014; en caso de un resultado positivo, se espera para mayo de 2015 una nueva elección del parlamento escocés y británico que habrá de negociar un acuerdo para los primeros días de Marzo de 2016; además, para esa misma fecha, se espera que ese parlamento escocés, elegido de acuerdo a las actuales reglas, negocie su admisión a la Unión Europea; por último, para el 5 de mayo de 2016, se esperan elecciones del nuevo parlamento escocés que habría de debatir las bases de una Convención Constituyente (no le llaman “Asamblea”, entre otras cosas, para no asustar a la derecha). Esto nos muestra que decisiones políticas relevantes y complejas como la independencia y posterior ejercicio de la soberanía de un país no requieren apuro. Como vemos, hay plazos, hay una línea de tiempo, roles asignados, pero sin apuro. Para Chile, la lección es interesante: desde hace muchos años que los escoceses vienen masticando esta idea de la independencia (lo han intentado en el pasado, por ejemplo, en el 1979 y 1989), -y no se trata sólo de que Andy Murray juegue como escocés en el ATP Tour o que Escocia juegue como país independiente el torneo de rugby de las ‘Seis Naciones’-, lo que les permite tomar este tipo de decisiones escuchando sabiamente las razones a favor y en contra de una u otra medida.

En el caso chileno, como no fuimos capaces de echar abajo el arreglo constitucional de la dictadura una vez que nos libramos democráticamente del dictador, hemos esperado una buena cantidad de años, transición de por medio, para lograr un nuevo comienzo. En otras palabras, como el ‘destape’ no llegó en las horas iniciales de la resaca por el triunfo del ‘No’, hemos tenido el tiempo suficiente para madurar esta idea. A diferencia de lo que nos quieren hacer creer ciertos sectores del país, la demanda por una nueva Constitución que sea creada a través de una Asamblea Constituyente no es el fruto ni el resultado de un impulso repentino. Sin embargo, como lo muestra el caso escocés, no debemos apurarnos ni someternos a presiones innecesarias para el diseño del arreglo político que se viene. Si vamos a tomar decisiones importantes, hagámoslo con tiempo, pero siempre dentro de un marco de trabajo con roles y plazos definidos.

En tercer lugar, el caso escocés nos muestra la posibilidad de imaginarse el diseño de una convención constituyente que respete los “principios de inclusión, apertura y participación”. Sí, las palabras del documento que preparó el actual gobierno escocés son las mismas que utilizó el programa de gobierno de la presidenta electa Michelle Bachelet. El documento titulado “El futuro de Escocia”, si bien preparado por el actual gobierno, busca que la futura convención constituyente escocesa esté impulsada por una participación activa de la ciudadanía y motiva a buscar ejemplos en las asambleas o convenciones constituyentes más recientes: en British Columbia (2004); Holanda (2005); Ontario (2007), e Islandia (2010). La idea, de algún modo, es constituir un proceso que evite caer en las manos de una elite que dirija la discusión de acuerdo a sus propios intereses. Para ello, es útil recurrir a los ejemplos de British Columbia y Ontario, en que la convención constituyente se compuso de ciudadanos elegidos aleatoriamente de acuerdo al padrón electoral. Sin perjuicio de contar con asesoría técnica en diversos temas, estas convenciones respetaron con creces el principio de participación. Además, si bien la Convención tendría competencia para tratar todos los temas que sean necesarios, se le exigiría una pre-condición de tipo sustantivo: el respeto por los derechos humanos contenidos en la Convención Europea de Derechos Humanos. Se trataría, en efecto, del único tema no negociable para la Convención. Ello parte de la base de que los derechos humanos no tienen que ser vistos como triunfos de las minorías en contra de lo que mayorías políticas desean (la visión tradicional que nos legó el liberalismo), sino como precondiciones de la democracia que nos permiten realizar lo que nuestra América Latina intentó en los primeros años de independencia: la consecución de un proyecto igualitario que honrara tanto la auto-determinación colectiva como las libertades públicas de los ciudadanos.

Quizás, después de la resaca de este 18 de septiembre, chilenos y escoceses tendrán actitudes muy distintas. Unos buscarán rápidamente la ‘sal de fruta’, la ‘bilz’ (un remedio casero para la ‘caña’) o un pedazo de piña; otros, a miles de kilómetros, deberán quizás prepararse para un futuro que parece incierto pero que se asienta sobre sólidas convicciones y valores que se creen compartidos. Este septiembre, ojalá, la caña sea el resultado de la mezcla entre chicha, vino tinto y, ojalá, un poquito whisky escocés (un consejo: evite la whiscola).

 

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