¡Un asombroso Caballo de Troya!: la herencia económica del gobierno de la Alianza

abril 24, 2014 por José Gabriel Palma
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José Gabriel Palma | Facultad de Economía, Universidad de Cambridge y Facultad de Administración y Economía, Universidad de Santiago.

Hace más de un año ya preguntábamos en otra columna: ¿Y si la bonanza del cobre resulta ser transitoria? (“La economía Chilena, como el elefante, se balancea sobre la tela de una araña”). Pregunta tan simple como obvia; pero de esas que en el Chile maniaco reciente se entendían como de mal gusto. Sin embargo, ésa debería ser la primera pregunta que se le debe venir a la cabeza a cualquier persona que tenga un mínimo conocimiento de historia económica. Pero en un Chile neo-liberal auto referente, una duda así inevitablemente iba a generar reacciones adversas. Como dicen por ahí: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Y en dicha columna, después de un largo análisis, concluía que “…el gran Caballo de Troya que Piñera (y Vergara desde el Central) le van a dejar generosamente al próximo gobierno, probablemente de Bachelet, es una economía en expansión que cuelga de un hilo”. La sincronización de Hacienda con el Banco Central para continuar fabricando un crecimiento insostenible fue casi perfecta: la economía se les desaceleró sólo un trimestre antes de la transmisión del mando.

Mucho se ha dicho ya sobre la herencia económica del último gobierno. Unos enfatizan el crecimiento del 5%, los 800 mil nuevos empleos, y la baja inflación. Otros, en cambio, destacan que a pesar de la grandilocuente bonanza exportadora, hubo un magro crecimiento de la productividad total de factores (apenas un 0.5% entre el 2010 y el segundo trimestre del 2013, última cifra disponible); que la mayor parte de los empleos que se crearon eran trabajos precarios, en actividades de servicio con poco potencial de crecimiento de la productividad; que se hizo poco o nada para solucionar el difícil problema de la energía, el de la educación y salud publica, el de la grotesca desigualdad en la distribución del ingreso, el de la pobreza, las telecomunicaciones, la infraestructura, el de la falta de competencia en los no-transables, el del creciente abuso al consumidor y, para que decir, el de la poca o nada industrialización del sector primario-exportador. En resumen, ésta sería una herencia “sin pena ni gloria”. Sólo un magnífico ejemplo de economía en piloto automático, donde todas las fallas de mercado y, por supuesto, todos los privilegios, se seguían y seguían reproduciendo bajo el motto: “Teme a Dios, honra al mercado”. O, más preciso: “Teme al 1%, honra al mercado” — pues, como nos recordó Lloyd Blankfein, CEO de Goldman Sachs, ellos creen ser sus representantes en la tierra: “I am just a banker doing God’s work”.

Sin embargo, hay otro aspecto relacionado con la herencia del gobierno anterior del cual poco se habla: ¿qué pasó con la asombrosa renta minera, y con la renta de los otros recursos naturales de esos cuatro años? Y ahora que parte de esa renta amenaza con evaporarse, ¿qué capacidades productivas nos dejó como herencia? Recordemos que entre septiembre del 2002 y febrero del 2011 el precio del cobre casi se sextuplicó (subió 5,8 veces). Si miramos el precio histórico, la tonelada de cobre siempre ha tendido a fluctuar, pero dentro del rango entre US$1.500 y US$3 mil la tonelada. Pero a poco andar del gobierno de Piñera ya llagaba a más de US$10 mil — con un promedio aproximado de US$ 8 mil la tonelada para esos 4 años. Hoy, en cambio, aparentemente cuesta abajo en la rodada, ya va en US$ 6.625 — un 36% menor que su punto más alto; y donde uno mire, encuentra especuladores entreteniéndose con ‘naked shortings’ (apostando a que el precio va a seguir bajando).

Lo que hay que entender es que el mal llamado ‘súper-ciclo’ de los commodities es algo básicamente especulativo, resultado de una enorme exuberancia irracional, en mercados financieros extremadamente líquidos y que cada día parecen tener menos imaginación de cómo ganar plata en forma honesta. Ya no hay semana en la que no se destape otro gran fraude, como el del la manipulación artificial de las tasa de interés ‘LIBOR’ por parte de los mayores bancos del mundo, quienes se coordinaban como cartel para hacer la estafa (lo que entre muchas otras cosas, afectó ilegalmente a más de US$ 300 billones de derivadas; un profesor del MIT llamó a este fraude el mayor de la historia — y hay evidencia de que el Banco de Inglaterra tenia conocimiento de esto, pero miraba para el otro lado). También el de los mercados cambiarios (para manipular artificialmente los tipos de cambio). El de grandes bancos acusados de lavar, a sabiendas, el dinero de los carteles mexicanos (al HSBC se le acusa ser el más involucrado). El de hacer vista gorda a mega-fraudes, o incluso de facilitarlos, como el que se acaba de descubrir en la sucursal del City en México, a la cual se acusa de haber prestado US$585 millones a una compañía que usaba de colateral facturas de PEMEX, de las cuales al menos dos tercios eran falsas, a sabiendas de altos ejecutivos del banco . También, cada semana se sabe de otra institución financiera la cual, siguiendo el ejemplo de Goldman Sachs, le está vendiendo a sus clientes activos financieros como si fuesen de oro, cuando ellos saben muy bien que son basura (para en muchos casos luego apostar vía un ‘credit default swap’ que esos activos van a fallar). O de grandes bancos que manejan en forma ilegal fondos de grupos contra los cuales hay sanciones financieras, como Hezbollah (otra vez se involucra en esto al HSBC); etc., etc. Y quizás lo más perturbador, cada día queda más claro la falta total de transparencia en el mercado de derivados, que ahora suma, ni más ni menos, un valor nominal de más US$700 billones (cifra equivalente a más de 10 veces el tamaño de la economía mundial). De hecho, muchos argumentan, y con razón, de que hoy día hay mucho más fraude financiero que antes de la crisis del 2007/2008 (ver, por ejemplo, aquí). Y las autoridades no hacen nada significativo para volver a regular, de verdad, dichos mercados (como lo hizo F. D. Roosevelt en los ’30), o para castigar, de verdad, a los culpables. Y de hacerse algo, cosa poco común, ahora la moda es dar sólo pequeñas multas (pequeñas desde el punto de vista de lo que se ganó en forma ilegal), sin siquiera la necesidad de tener que reconocer culpabilidad (en los 1930s, con FDR, iban directo a la cárcel).

Lo más relevante de todo esto es que hay que entender que el precio de cobre — y la prosperidad de los chilenos — ahora depende de estos mercados, de estos instrumentos (como los derivados), y, en algunos casos, de este tipo de individuos: como nos dice el Financial Times, “El Lobo de Wall Street” es un ladrón de poca monta para los estándares de hoy. Thomas Jefferson tenía mucha razón cuando dijo que los mercados financieros constituyen una amenaza mayor para nuestras libertades que los ejércitos enemigos.

Y hay que recordar que los especuladores ganan igual apostando (en forma honrada y de la otra) a que suba, o a que baje el precio del cobre. Por ejemplo, parte de la caída actual de su precio se debe a que en China el cobre se usaba como colateral para actividades dudosas en el ‘shadow-market’ financiero (gracias a su nuevo rol de pariente pobre del oro). De hecho, se estima que hay más de un millón de toneladas de cobre guardadas en bodega en China con ese fin. Y como muchos de esos activos financieros ahora están en la cuerda floja, parte del ‘new shorting’ es porque muchos especuladores esperan que un segmento de ese colateral tenga que salir al mercado.

Fotografía bajo licencia CC, disponible en  Flickr

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Como ya se dijo, si algo nos enseña la historia económica es que las bonanzas de los precios de las materias primas sólo ocurren, con suerte, una vez por generación, y son siempre transitorias — y siempre durante ellas prima la manía de decir lo contrario. Eso le da más sentido aún a tres preguntas obvias: ¿Quién se apropió de la descomunal renta minera de los últimos 4 años (y de la que se generó desde que empezó el ciclo, hace una década? ¿Se hizo algo productivo con ella? Y ¿qué naturaleza tendrá el inevitable ajuste que se nos viene encima? Lo fundamental de la respuesta a la primera pregunta, desgraciadamente (pero no sorprendentemente), es que, un poco más un poco menos, la mitad fue simplemente regalada a rentistas extranjeros (por falta de un royalty de verdad); y lo poco que quedó en Chile fue casi todo gracias a la muy estatal CODELCO. Respecto a la segunda, la de su posible herencia productiva — esto es, nuevas capacidades productivas generadas con su inversión — ellas brillan por su ausencia: básicamente, lo que aquí quedó, se consumió. Y la respuesta a la tercera, es que el ajuste que nos espera a la vuelta de la esquina, de ser abrupto, ojalá que nos pille confesados, poco endeudados, y con los ahorros en dólares.

Respecto de la primera mitad de la renta minera, la que generosamente se le dio “de gratis” a rentistas extranjeros, expresado en dólares del mismo valor adquisitivo (dólares del 2013), la salida total de capital por concepto ‘renta de la inversión directa’ (utilidades y dividendos, en su mayor parte proveniente de actividades mineras) saltó de un total de US$ 30 mil millones para la década 1994-2003, a casi US$ 180 mil millones en la década siguiente, la del salto del precio del cobre. Esto es, en dólares del mismo valor adquisitivo, la salida de recursos por este concepto, gracias al incremento de la renta minera, casi se sextuplicó en la segunda década. Esta salida de capital equivale aproximadamente al 40% de los ingresos públicos del período (incluídas las grandes contribuciones de CODELCO), y a más de un cuarto del total de las exportaciones de esa década. Y en términos del PIB, esta salida de capital saltó de un promedio de 3% del PIB para la primera década, a uno de casi 9% en la segunda. Sólo en dos años (2006 y 2007) salieron del país US$ 43 mil millones — (más del 13% del PIB) — cifra equivalente a más de una vez y media el PIB de Bolivia o Paraguay en esos dos años (1.6 veces).

Y todo eso, básicamente, para que empresas rentistas extranjeras se molestasen en producir casi puro cobre con el mínimo posible de procesamiento local: el concentrado — un mineral con un contenido de metal de aproximadamente un 30%, resultado de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado.

De hecho, las grandes mineras privadas se apropiaron en al menos siete de esos diez años de excedentes del mismo orden de magnitud que el total de sus inversiones precedentes. En otras palabras, recuperaron sus inversiones siete veces en este período — sin considerar los excedentes retirados en años anteriores y posteriores. ¡Qué generosidad la de los Chilenos! Samaritanos con la brújula equivocada. Para enviarlo al Guinness Book of Records.

A ese respecto, lo fundamental es que esos niveles portentosos de ganancias se pueden obtener sólo en la producción de concentrado. Lo que pasa es que cuando uno invierte en cobre, la renta minera, que es la renta que se obtiene sólo por tener acceso al recurso natural, se obtiene en el concentrado. Y aún en la actual Constitución, esa renta pertenece a todos los chilenos. Pero de José Piñera en adelante, esa afirmación no vale ni el papel en el cual se escribió esa Constitución. Lo que sucede es que si de ahí uno quiere seguir avanzando en el procesamiento del mineral — por ejemplo, fundiéndolo, para luego producir alambrón, alambre de cobre desnudo, trefilado, tubos, aleados, o forjados —, la rentabilidad de esas inversiones adicionales (si las hacen bien) pasa a ser aquellas relativamente normal a cualquier otra actividad industrial (digamos, entre un 15% y un 20% anual de lo invertido). Por eso, si las mineras privadas quieren tener en Chile utilidades anuales equivalentes al total de las inversiones que han hecho desde que llegaron a Chile (esto es, una tasa anual del 100%), se quedan en el concentrado. Sí, sin duda, los camiones son cada vez más colosales, las plantas chancadoras más terroríficas, y los químicos más eficientes (capaces de generar una espuma cada vez más estable, la que mantiene en forma mucho más segura las partículas sobre la superficie). Pero de esa trinchera primitiva no se sale.

Como ya decía en una entrevista, pocos en Chile parecen darse cuenta que en cuanto a volumen, nuestro mayor producto de exportación es basura — la ‘escoria’ del concentrado. Como el concentrado tiene sólo alrededor de un 30% de contenido cobre, de cada diez barcos que salen de nuestras costas a China con concentrado, tres llevan cobre y pequeñas cantidades de algunos metales preciosos (además de algo de otros minerales, como el molibdeno, azufre, renio y selenio), y unas siete llevan, literalmente, basura. No hay que ser un medioambientalista furibundo para darse cuenta de la increíble irracionalidad de eso. ¡Lindo modelito de desarrollo! La modernidad desatada.

Fotografía bajo licencia CC, disponible en  Flickr

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Adorno ya nos decía respecto del seudo-modernismo neo-liberal: “Hoy en día, el recurso a la modernidad, no importa de qué tipo, con tal que sea suficientemente arcaico, se ha convertido en universal.”

Para decir una irreverencia extrema desde el punto de vista del discurso hegemónico neo-liberal criollo, mi lectura del éxito asiático es que para que un país de ingreso medio siga avanzando hacia el desarrollo, mientras más alto sea su nivel de ingreso, más requiere de política industrial. La idea de que en el futuro cercano podremos llegar a ser país desarrollado sólo haciendo más de lo mismo, sólo mejor, es una quimera — esa es la verdadera trampa del ingreso medio: la ideológica (ver link anterior). Cobre concentrado, astilla de madera y salmón de tres kilos, junto a construcción residencial, finanzas y retail, de hacerse relativamente bien, es una de las formas para llegar a donde estamos; pero no tiene mucha tracción para seguir empujando hacia delante en forma sustentable. En el caso de la minería del cobre, por ejemplo, se debería aprovechar el royalty para hacer política industrial. Como he dicho tantas veces, para mi lo que más tiene sentido es un royalty diferenciado: cobrarle al concentrado un royalty mucho mayor que al cobre fundido, y así sucesivamente.

Incluso aquellos que están por convicción y doctrina en contra de hacer política industrial, siguiendo el famoso teorema del ‘second best’ de Lipsey y Lancaster, deberían al menos estar de acuerdo con tener un royalty diferencial que nos permita ‘emparejar la cancha’ respecto de los subsidios que benefician el procesamiento del cobre chileno en Asia (y el hacer MDF allá con astilla chilena, etc.). Eso hace sentido incluso dentro de la lógica económica más ortodoxa — pero no desde la de los intereses de las multinacionales. Y si además de eso, el royalty diferencial se diseña para incentivar la industrialización del cobre, ¡tanto mejor!

El discurso hegemónico, en cambio, sólo sueña con hacer más de lo mismo pero agregando otra locomotora a las existentes, cuyos caballos de fuerza serian dados por misteriosos, pero masivamente idealizados ‘servicios de alta tecnología’. Pero vivir de ilusiones nunca ha sido una buena estrategia de desarrollo. Peor aún, ese tipo de ensueños puede ser muy contraproducente, pues como nos dice una sicoanalista, en la vida hay pocas cosas más castradoras de la imaginación propiamente creativa que el ‘daydreaming’. Con tanto ensueño ilusorio sobre un futuro altamente improbable, en el cual dichos idealizados servicios tomarían la batuta del desarrollo, se pierde totalmente el sentido de urgencia del pensar hacia delante — esto es, ¿cómo volver al dinamismo de los ’90, pero esta vez en forma equitativa y sustentable? Además, hay que creer que dichas actividades, aparentemente, surgirían de algún proceso tipo ‘generación espontánea’, como de esos que se soñaban en biología antes de Pasteur. Esto es, parafraseando el título de un artículo al respecto, con tanto ensueño ilusorio, lo que le ha pasado a la imaginación creativa en Chile, en cuanto a su capacidad para repensar el modelo de desarrollo, podría sintetizarse como “Death by Daydreaming”.

Mientas tanto, se cree que lo único que hay que hacer para que funcionen las cosas es tener al 1% más rico contento; esto es, se cree que el único rol de la política económica es generar credibilidad, lo que en buen romance sólo significa eso: tener al 1% contento. Yo creo que para pocos fue una sorpresa que un excelente estudio tributario, con datos del 2003, encontró que el 0,01% más rico — alrededor de unas 600 personas — habían pagado tasas de impuesto inferior al 11% (ver aquí). Y si bien estoy muy de acuerdo con ese aspecto de la actual reforma tributaria que intenta reducir la brecha impositiva entre las empresas y las personas, subiendo (muy gradualmente) el impuesto de primera categoría sobre las utilidades contables de las empresas de 20% a 25% — paso en la dirección adecuada —, ¿qué sentido puede tener (otro que lo ya dicho anteriormente) el rebajar del 40% al 35% la tasa marginal máxima de impuesto a la renta, lo cual favorece únicamente a unos 25.000 contribuyentes, los más ricos del país? ¿Desde cuándo para cerrar una brecha hay que moverse, necesariamente, desde los dos lados? Eso sólo beneficia al 1% más rico; aquél que ya se lleva el 30% del ingreso. ¡Y tanto que nos recuerda la Presidenta que la desigualdad es nuestro peor enemigo!

Y si en los procesos extractivos primarios ya somos claramente ‘top ten’, y en algunos hasta ‘top one’, ¿porqué va a ser tan difícil llegar a hacer algo efectivo en el paso siguiente — el de su industrialización? ¿Y en poder generar eso con energías renovables, incluida la hidroeléctrica? (Pero una que respete el medioambiente, y donde el agua de las lluvias pertenezca a todos los chilenos).

Pero vaya uno a decirles esto a nuestros fundamentalistas de mercado, incluido a los de la Nueva Mayoría. En el mejor de los casos, ¿porquépor qué tendrán tanta timidez? En este tipo de cosas mis colegas ‘renovados’ se parecen a la selección chilena antes de Bielsa…

No debería sorprender, entonces, que en el programa económico de la candidata Michelle Bachelet ni siquiera se mencionase la palabra ‘royalty’. Ni que en el debate actual en relación a la reforma tributaria, ha llegado a ser tabú decir que un royalty de verdad — no uno como la tomadura de pelo del actual que apenas capta el 2% de las utilidades de las mineras, sino uno que pudiese captar alrededor de la mitad de sus ganancias, algo similar a lo que quiso hacer Kevin Rudd, el primer ministro australiano — podría contribuir al erario nacional tanto como las predicciones más optimistas de la actual reforma tributaria. En Chile parece que las oligarquías económicas, políticas y académicas prefieren pagar más impuestos que de haber royalty — y reclamar ad nausea sobre ellos — que incomodar al capital extranjero. Como nos decía Gramsci, a menudo la ideología puede llegar a ser hasta más fuerte que el bolsillo.

¿Y si además del royalty minero también se impusiese uno razonable a la exportación de otros recursos naturales? ¿Y si el Estado, como decíamos, más que no sea por vergüenza ajena, se decide de una vez por todas a recuperar la propiedad de las aguas de las lluvias?. ¿O si se decidiera licitar, en lugar de regalar, los derechos de pesca? En fin, de terminarse con la piñata de los recursos naturales podríamos financiar no sólo una educación y salud publica gratuita de calidad de país civilizando, sino también haber enfrentado varios de los problemas económicos mencionados anteriormente.

Y si la nueva administración propone una reforma tributaria, que si bien no toca la renta de los recursos naturales, al menos propone recaudar un monto mínimo para intentar hacer algo respecto de algunos problemas, las predicciones de los ‘usual suspects’ son apocalípticas.

Respecto de la otra mitad de la renta minera, aquella que quedó en nuestro país gracias casi exclusivamente a CODELCO, la pregunta fundamental es ¿qué se hizo con ella?. Lo que hubiese tenido sentido era haber encausado los recursos adicionales en al menos uno de dos caminos: el ahorro o la inversión. La primera alternativa — una prudente, pero poco imaginativa; la más conservadora, ‘market-friendly’, y hasta bíblica (directa del Génesis) —, es haber ahorrado los excedentes de la renta minera del periodo de las vacas gordas para gastarlo cuando inevitablemente llegasen las vacas flacas. Al estilo ‘FEES’ (el Fondo de Estabilización Económico y Social, creado por Nicolás Eyzaguirre y Mario Marcel), pero con un royalty de verdad. Al menos con el FEES se intentó un primer paso, un cambio de tendencia; pero de ahí no se avanzó. De haberse hecho en plenitud, se podría haber evitado una expansión económica frágil e insostenible, y se podrían haber acumulado recursos significativos para los ineludibles años de las vacas flacas.

El otro camino — mucho más efectivo — para el uso de esa renta minera transitoria consistía en haberla invertido de inmediato; ésta es una alternativa con más sentido de urgencia — la que intentó Balmaceda con el salitre. Es la Keynesiana. También la podríamos llamar “la alternativa asiática”. La idea central de la política económica del Presidente Balmaceda era tan simple como genial: como en su época ya se sabía que el salitre natural iba probablemente a perder su monopolio a penas el costo de la electricidad bajase lo suficiente como para hacer rentable el proceso industrial del salitre sintético (y también se sabia que iba a ser cada vez más complicado competir con sustitutos, como el sulfato de amonio), lo que se debía hacer era captar, pero de verdad, los excedentes transitorios del recurso natural, para invertirlos de inmediato tanto en capital físico como humano. Sólo así se podrían crear capacidades productivas que pudiesen tomar el lugar del recurso natural cuando su renta se desvaneciera por la eventual baja en su precio.

Por tanto, durante su gobierno, Balmaceda colocó un royalty a las exportaciones de salitre que llegó hasta un tercio de lo exportado — y hacerle eso en aquella época a empresarios ingleses no era broma —, y con esos recursos dobló el número de estudiantes en la educación primaria y secundaria (y para qué decir la terciaria), desarrollo un gran programa de obras públicas, especialmente ferrocarriles, y apoyó fuertemente a la industria. En pocos años, la inversión pública en capital físico se cuadruplicó en términos reales y la en educación se incrementó ocho veces. Según mis cálculos, casi la mitad del gasto público fue destinado a inversión en ambas áreas. Además, como la oferta de no-transables era elástica, un incremento del gasto de esta magnitud también neutralizó el ‘Síndrome Holandés’, pues evitó la revaluación del tipo de cambio real. Balmaceda también creó el Ministerio de Obras Públicas e Industria para fomentar la manufactura.

Pero, como ya decíamos, un shock de esta magnitud creó muchos conflictos; uno de los mayores fue que forzó la monetarización parcial del salario agrícola para evitar que los peones se fueran a trabajar al ferrocarril. Como resultado, los latifundistas, y por primera vez en la historia de Chile, tuvieron que competir por la mano de obra — esto es, por primera vez, hubo mercado del trabajo en la agricultura. Pero como nuestros capitalistas criollos (de entonces y de ahora) lo último que quieren es un capitalismo de verdad (con ‘compulsiones’ de mercado), ya sabemos lo que pasó.

Y si ahora se ahorró sólo una parte pequeña de la renta minera que quedo en el país, y se invirtió aún menos, ¿qué pasó con el resto? Como les gusta decir a los gringos, ‘there are no prizes for guessing the correct answer’. Ella se consumió — al mejor estilo populista. Mientras salían durante los 4 años de Piñera más de US$ 70 mil millones como utilidades y dividendos del capital extranjero (en su mayoría provenientes de la actividad minera), monto equivalente aproximadamente al 7% del PIB del periodo, la inversión apenas subía del 22,4% del PIB (2010) al 23.9% (2013 — cifras del Banco Central). Tomando una perspectiva más larga de la que permiten los datos del Central, pues la baja inversión ciertamente no es exclusiva del ultimo gobierno, la cifras del Banco Mundial nos indican que la inversión promedia durante el así llamado ‘súper-ciclo’ (21.2% del PIB, datos disponibles sólo hasta el 2011), fue incluso menor que la que hubo en la década anterior (23.8%) — la de los precios bajos del cobre. Y en 2006 y 2007, mientras el capital extranjero sacaba del país más del 13% del PIB, la inversión en Chile no llegaba al 20% del PIB. El teatro del absurdo llevado a la realidad. Ionesco transformando un texto funesto en un juego burlesco.

Mientras tanto, aún peor que la inversión, el ahorro nacional cayó durante los cuatro años del gobierno anterior: del 24% del PIB (2010) al 20,5% (2013 — cifras del Banco Central). Mientras tanto el consumo total subía cinco puntos porcentuales del PIB en estos cuatro años — del 71,3% al 76,4%, respectivamente. Como he dicho tantas veces: ¡parece que no hay populista más ‘cara de palo’ que uno neo-liberal!

Fotografía bajo licencia CC, disponible en  Flickr

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De hecho, la expansión del consumo durante el ultimo gobierno fue tal que las importaciones crecieron cuatro veces más rápido que las exportaciones, lo que (junto a otros factores) redujo el superávit comercial de US$16 mil millones (2010) a tan solo US$2 mil millones (2013); y transformó el superávit de la cuenta corriente (US$3,6 mil millones en 2010), en un fuerte déficit (US$9.5 mil millones en 2013). Y todo eso con un precio del cobre que aún estaba en las nubes — a fines del 2013 el precio aún estaba sobre los US$3.3 ¢/lb, con un promedio para el año todavía más alto.

Un cálculo simple nos dice que si el año pasado los términos del intercambio en Chile hubiesen vuelto bruscamente a los del 2003, cuando comenzó a subir el precio del cobre, con todo lo demás igual, el déficit de cuenta corriente que hubiese heredado Bachelet en esta eventualidad hipotética seria de aproximadamente de un 15% del PIB (mayor que el del ’81). Eso indica la fragilidad estructural actual, donde un brusco retorno del precio del cobre a niveles ‘normales’ (pre-2003) podría producir efectos inimaginables. Este cálculo simple nos indica que si el precio del cobre hubiese sido en el 2013 el mismo que el del 2003, y si se hubiese mantenido en equilibrio la cuenta corriente, el año pasado la economía chilena habría tenido que gastar algo así como US$ 50 mil millones menos de lo que se hizo.

Hay que sacarles el sombrero a estos neo-liberales: sin duda alguna, su ideología se ha transformado en la tecnología de poder más sofisticada de la historia. ¡Hoy día, el 1% más rico se puede llevar el 30% del ingreso en democracia! (Ver aquí, por ejemplo) ¿Y los problemas que eso genera? Bueno, como ya hemos dicho, su discurso hegemónico nos dice que en economía existen sólo dos tipos de problemas: los que resuelve el mercado, y los que no tienen solución. Sólo economistas ‘Barros Luco’ son bienvenidos a la fiesta — en especial aquellos que hicieron su nombre criticando al ‘modelo’, para luego hacer su fortuna defendiéndolo.

¡Qué tecnología de poder más sofisticada! Cómo nos dio vuelta la tortilla. Tomados de la mano, nos hizo transitar mansamente de los controles al capital (los ’90), a estar ahora controlados por el capital. Y todo esto no sólo en democracia, sino una en la cual en 20 de sus 24 años hemos tenido gobiernos de ‘centro-izquierda’…

Y el de ahora, no sólo va a tener que enfrentar las consecuencias de la irresponsable prosperidad corto-placista reciente, sino va a tener que hacer eso dentro de los crecientes problemas que nos trae la economía mundial — por ejemplo, lo más probable es que lo grueso de la reforma tributaria, en lugar de generar nuevos recursos, más bien va a reemplazar aquellos que desaparecen por la desaceleración de la economía, la caída del precio del cobre y la creativa imaginación contable de las mineras (entre otros factores). ¡Puente sobre el Canal de Chacao! Hay que estar muy perdido sobre lo que se nos viene encima y las prioridades del gasto público — y hay que ser demasiado ingenuo para creer que el costo total va a ser lo que se nos dice ahora.

Y la situación externa es muy incierta, no únicamente por sus enormes desequilibrios, sino también porque no sólo a los neo-liberales criollos se les vaporizó la imaginación. El neo-liberalismo, ideología narcisista, será muy hábil para dominar, reproducir privilegios, y domesticar ideologías alternativas, pero su imaginación creativa se empobreció atorada en crecientes conflictos de interés. Una de las grandes fuerzas del sistema capitalista hasta ahora era que había mostrado una sorprendente capacidad de re-inventarse después de cada gran crisis; sucedió en los ‘30 y ‘70. Ahora, en cambio, no tiene idea qué hacer para reconstruirse en medio de la turbulencia actual. Sólo da palos de ciego, como el tsunami de liquidez que le sigue regalando al sistema financiero. Y los problemas de la economía mundial crecen y crecen. Uno nuevo, como si no bastara con los que ya teníamos, es la nueva inestabilidad financiera en China: el stock de crédito en ese país saltó de US$9 billones en 2007, a US$23 billones en 2012 — o 220% del PIB. En otras palabras, ¡replicó todo el stock de crédito del sistema financiero norteamericano en tan sólo cinco años! Lo peor ocurrió en el sistema bancario informal (el ‘shadow banking’), un sector que opera prácticamente sin regulación, el cual copió las peores prácticas occidentales, aquellas que llevaron a la crisis de las hipotecas basura. Ahora se acabó la fiesta y llegó la cuenta. Todo eso lleva a que la telaraña en la que nos balanceamos sea cada día más frágil. ¡Lindo el caballito de Troya que nos dejó la Administración anterior! “Challenging”, como dicen por ahí.

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